jueves, 12 de febrero de 2009

EL DINERO Y LA POLÍTICA MONETARIA

EL DINERO Y LA POLITICA MONETARIA*


Millones de personas alrededor del mundo viven en situación de pobreza, sufren de hambre, y no tienen acceso a condiciones dignas de salud y educación. Esas precarias condiciones no sólo ponen en tela de juicio la solidaridad humana, sino que son una de las causas fundamentales de la inestabilidad política, la inseguridad y la violencia en el mundo.

La mayor parte de esos problemas se pueden solucionar con dinero; así, si hubiera suficientes recursos se podrían diseñar políticas eficaces para derrotar la pobreza y darle a los más desfavorecidos unas condiciones de vida dignas. De hecho, la mayor parte de esos problemas se concentran en los llamados “países pobres”, mientras que en los “países ricos” la mayor parte de la gente tiene resueltos sus problemas materiales básicos.

Si el dinero es tan importante para alcanzar el bienestar económico de la población, ¿por qué los gobiernos no crean más dinero? Aunque los billetes se hacen con un papel especial, no son tan costosos de producir y podrían solucionar muchos problemas; desde esta perspectiva, se podría argumentar que a un gobierno con buenas intenciones le bastaría con hacer muchísimos billetes y repartirlos periódicamente entre los más necesitados para sacar adelante al país.

Esta idea suena tan razonable que no es sorprendente que a varios gobiernos se les haya ocurrido ponerla en práctica a lo largo de la historia; lo que sí puede resultar sorprendente es que cuando eso ha sucedido los resultados han sido desastrosos. Gracias a esas enseñanzas de la historia hoy en día a muy pocos gobiernos se les ocurre hacer algo parecido.

Pero, si la idea de solucionar los problemas materiales de la gente produciendo más dinero suena razonable, ¿cuál es su falla? Para entenderla es necesario saber cómo funciona el dinero en una economía
y cuáles son los dilemas que enfrentan las autoridades económicas a la hora de manejarlo. Esos son los temas centrales que se abordan en esta guía.

INTRODUCCION

El dinero está presente en muchas de las actividades que realizamos diariamente. Usamos dinero para pagar lo que compramos y para poder hacer cosas cotidianas como transportarnos, ir al médico o ir a cine. Es difícil pensar que transcurra un día normal en el que realicemos nuestras actividades corrientes sin que el dinero esté presente; sin embargo, hubo una etapa en la historia de la humanidad en que el dinero no existía y las cosas se conseguían intercambiándolas por otras cosas. Este tipo de intercambio se conoce como trueque.

El trueque funcionaba para las sociedades primitivas en la medida en que éstas eran casi autosuficientes, pues producían casi todo lo que necesitaban y el intercambio no era una actividad habitual; pero a medida que las sociedades fueron evolucionando el trueque de unas cosas por otras empezó a tener limitaciones; por ejemplo, muchas personas no estaban dispuestas a intercambiar un objeto costoso por otro de menor valor, y además era difícil cargar objetos voluminosos cada vez que alguien quisiera hacer una transacción.

Con el paso del tiempo las comunidades primitivas se fueron especializando en determinadas actividades productivas; por ejemplo, los que tenían mayores aptitudes para la agricultura se dedicaron a sembrar, mientras que quienes tenían aptitudes para la pesca se especializaron en esta actividad. Este proceso estuvo acompañado de un incremento del comercio, que permitía que unos y otros intercambiaran aquello que les sobraba por lo que les hacía falta. Estos procesos de especialización del trabajo y fortalecimiento del comercio generaron mayores necesidades de un medio de cambio más cómodo y funcional que el trueque, y sentaron las bases para la creación del dinero.

Incluso, 2.500 años antes de Cristo los egipcios usaban anillos de metal como dinero; y, luego, los lidios fueron los primeros occidentales en acuñar monedas, hacia el año 700 a. C., seguidos por los griegos, casi
300 años más tarde. Pero la evolución del sistema económico no fue el único factor decisivo para el surgimiento del dinero: el desarrollo político y la creación de las ciudades-Estado, y posteriormente de los
Estados-nación (siglos XVII, XVIII y XIX), contribuyeron también a la consolidación de la moneda y al uso generalizado del dinero; así, el dinero se fue convirtiendo en un elemento fundamental para el funcionamiento del sistema económico.

Aunque hoy la mayor parte de la gente reconoce la importancia del dinero en su vida diaria, pocos entienden que su importancia económica va más allá de su simple utilidad como instrumento para hacer transacciones; por ejemplo, muchas personas ignoran que cuando la cantidad de dinero que hay en la economía es excesiva, los precios tienden a aumentar de manera acelerada; cuando esto sucede, todas las personas se ven perjudicadas porque pueden adquirir menos bienes y servicios con el dinero que reciben. Para evitar que esto pase existe una autoridad encargada de controlar la cantidad de dinero que hay en la economía. En la mayoría de los países la autoridad que ejerce esa función es el banco central, que en Colombia es el Banco de la República.

Existen muchos temas interesantes relacionados con el uso del dinero en un sistema económico; para aproximarnos a esos temas, esta guía tiene dos propósitos fundamentales: el primero es presentar una breve historia del surgimiento del dinero en la sociedad y explicar su papel en el sistema económico; el segundo, es mostrar las principales decisiones que deben tomar las autoridades económicas para administrar el dinero que circula en la economía, lo que se conoce como política monetaria, y entender la función del banco central como autoridad monetaria de un país.

EL DINERO

El dinero es un objeto respecto del cual hay un acuerdo social para que sea aceptado en el intercambio. Ha transcurrido mucho tiempo desde que el hombre empezó a usar las primeras formas de dinero, hasta la adopción del dinero tal y como lo conocemos hoy, es decir, en la forma de billetes y monedas comúnmente aceptadas por todas las personas para llevar a cabo sus transacciones.

En Colombia, como en la mayoría de países, no siempre existió un único tipo de dinero aceptado por todas las personas. Circunstancias especiales como las guerras llevaban al gobierno de turno a cambiar la moneda que circulaba, en la medida en que la gente perdía confianza en ella por su paulatina pérdida de valor.

Actualmente en Colombia y en casi todos los países del mundo, los gobiernos mantienen la confianza de la gente en el dinero que circula gracias a la gestión que realizan sus bancos centrales, pero este es el resultado de un largo proceso histórico que no estuvo exento de costos económicos. Veamos un breve recuento sobre cómo surgió el dinero y cómo llegó a ser comúnmente aceptado por todas las personas.

En las sociedades tribales el dinero no existía porque la producción y el consumo se daban simultáneamente, por lo que el intercambio no era una actividad habitual. En este tipo de sociedades, las técnicas de producción eran relativamente simples y la propiedad, por lo general, era comunal; así, era fácil para el individuo satisfacer sus necesidades con lo que producía, y cuando se daba el intercambio se hacía para satisfacer las necesidades de la comunidad.

En este tipo de sociedad el trueque le permitía a cada comunidad complementar lo que producía, intercambiando sus excedentes por aquello que le hacía falta; por ejemplo, si una tribu estaba especializada en la caza y cultivaba unos pocos productos, podía cambiar parte de la carne y las pieles que obtenía de la caza por productos agrícolas cultivados por otra tribu dedicada a la práctica agrícola. Sin embargo, hay que aclarar que en esta etapa las sociedades eran prácticamente autosuficientes, es decir, que podían subsistir casi exclusivamente con lo que producían, por tanto, requerían muy poco intercambio.

A medida que las técnicas de producción evolucionaron, las comunidades percibieron que podían producir más si se especializaban en algunas actividades productivas en lugar de tratar de producir todo lo que necesitaban; así, la división del trabajo también se hizo más profunda y las necesidades de estas sociedades tribales se hicieron más complejas, pues de cierta forma dejaron de ser autosuficientes.

Por ejemplo, los individuos que tenían mayores aptitudes para la agricultura se dedicaron a sembrar, mientras que quienes tenían aptitudes para la pesca se especializaron en esta actividad. La evolución y profundización de la división del trabajo implicó el surgimiento del intercambio individual y la consolidación del concepto de propiedad privada tanto de los bienes de consumo como de los factores de producción; de esta manera la producción se fue aislando cada vez más del consumo, tanto en el tiempo como en el espacio. La finalidad de la producción ya no era sólo la satisfacción de las necesidades del individuo sino el intercambio; proceso que estuvo acompañado de un incremento del comercio, el cual permitía que unos y otros intercambiaran aquello que les sobraba por lo que les hacía falta.

El surgimiento del intercambio como mecanismo para lograr la satisfacción de las necesidades sentó las bases para el uso generalizado del dinero; en efecto, la consolidación del intercambio o el comercio como una actividad más dentro de la organización económica de la sociedad, hizo evidentes las limitaciones del trueque. Cuando el intercambio se basa en el trueque es necesario que coincida el interés de las dos personas en intercambiar lo que cada uno posee; además, es difícil llevar a cabo el trueque de objetos de distinto valor en la medida en que no siempre los productos que se pretende intercambiar se pueden dividir; de otro lado, no todos los productos son fáciles de transportar o de almacenar, lo cual no permite que cualquier objeto sea adecuado para el trueque.

Como una respuesta a esas limitaciones, empezó a surgir en el comercio el uso de objetos que fueran comúnmente aceptados por todos como un medio de cambio. Entre las primeras formas de dinero que usó el hombre se pueden mencionar las conchas, las cuentas de collares, el té, el tabaco, las pieles y el ganado. Estos productos tenían ciertas características que les permitían ser transportados y almacenados, y a través de ellos se podía expresar el valor de mercancías más grandes o más valiosas; sin embargo, esos objetos, en muchos casos, no tenían suficiente resistencia y durabilidad, lo que condujo a las sociedades a tratar de reemplazarlos por formas de dinero más parecidas a las que conocemos en la actualidad.


La demanda de dinero

En la sección anterior vimos que el dinero desempeña un papel fundamental en el intercambio y que además es depósito de valor; esto implica que con el dinero no sólo podemos comprar cosas sino que también podemos aumentar nuestra riqueza, en este sentido, si nos preguntan cuánto dinero queremos tener, probablemente responderemos que todo el que necesitamos para obtener lo que queremos.

Sin embargo, las personas enfrentamos una restricción que nos impide tener en nuestras manos todo el dinero que quisiéramos, ya que el dinero no es un recurso que se distribuye gratuitamente, sino que por lo general es la forma que adopta la retribución a la actividad económica que realizamos —que, como ya sabemos, es el ingreso—. Así, el ingreso y el monto de dinero que las personas recibimos en un período de tiempo definido están asociados, por ejemplo, con un salario o un volumen determinado de ventas.

En la medida en que la cantidad de dinero que recibimos en un momento del tiempo es limitada, el dinero es un recurso escaso; esto implica que cada vez que le demos determinado uso al dinero tendremos que renunciar a darle un uso alternativo: por ejemplo, si decidimos usar todo nuestro dinero para comprar cosas, estaremos renunciando a aumentar nuestra riqueza a través del ahorro; en términos económicos, esto significa que el dinero tiene un costo de oportunidad.

En el caso del dinero, el costo de oportunidad se expresa a través de la tasa de interés. En términos generales, la tasa de interés es el precio pagado por el uso de un crédito o de una cantidad de dinero.

En el caso que estamos analizando, la tasa de interés sería el pago que recibiríamos si en lugar de gastar el dinero lo ahorráramos en una entidad financiera. Detengámonos por un momento para ver un ejemplo simple que ilustra por qué la tasa de interés representa el costo de darle un determinado uso al dinero:

Supongamos que una persona recibe un salario mensual suficiente para que pueda tomar una decisión sobre cuánto destinar al consumo y cuánto al ahorro. Destinar todo el salario al consumo implica que la persona valora mucho la satisfacción inmediata de sus necesidades; entonces, ¿qué haría que esa persona cambiara esa decisión para destinar ese ingreso al ahorro? Si recibiera una retribución que le representara un mayor beneficio que la satisfacción de sus necesidades, seguramente esa persona decidiría destinar parte de sus ingresos al ahorro; tal retribución suele ser la tasa de interés que la persona recibiría si se animara a ahorrar ese dinero en una entidad financiera; por ello, el concepto de tasa de interés se define también como el costo de oportunidad en que incurre quien decida mantener dinero en sus manos.

En suma, la respuesta a la pregunta de cuánto dinero queremos tener, no es tan simple como parece, pues, debemos decidir sobre el mejor uso que le damos al dinero, ya sea manteniéndolo en nuestras manos para atender nuestras transacciones, o depositándolo en una entidad financiera que nos pague una tasa de interés. Por esta razón la ciencia económica ha desarrollado varias teorías para tratar de explicar la demanda de dinero.

La demanda de dinero es el volumen de dinero que las familias y las empresas quieren tener en su poder en un momento determinado. En esta sección haremos un breve recuento de las principales teorías económicas sobre la demanda de dinero.


LA TEORÍA CUANTITATIVA DEL DINERO
A lo largo de la historia, los economistas han hecho varios intentos por explicar cuáles son los factores que influyen en la demanda de dinero; una primera aproximación a una teoría de la demanda de dinero se resumió en la llamada teoría cuantitativa del dinero, conocida también como el enfoque monetarista de la demanda de dinero.

La teoría cuantitativa del dinero afirma que una economía requiere la cantidad de dinero necesaria para poder atender el valor de las transacciones que se generan por su actividad productiva. Ese valor de las transacciones resulta de multiplicar el producto físico de la economía (que denominaremos con la letra Q) por el nivel general de precios (que denominaremos P). ¿Quiere eso decir que la cantidad de dinero que necesita una economía es igual a P × Q? La respuesta es negativa, pues hay que tener en cuenta que una misma unidad monetaria sirve para atender varias transacciones, en la medida en que circula de una mano a otra a lo largo de un período.

Mientras más rápido circule el dinero en una economía, menor cantidad se requerirá para atender un valor de transacciones dado. En este contexto, la cantidad de dinero que requiere una economía es directamente proporcional al valor de sus transacciones (P × Q), e inversamente proporcional a la velocidad de circulación del dinero (V).

Veamos el planteamiento de esta teoría a través de una identidad simple.

M × V = P × Q (1)
Donde:
M es la cantidad de dinero
V es la velocidad de circulación del dinero
P es el nivel general de precios de la economía
Q es el producto de la economía

Se supone que V está determinado por factores institucionales o tecnológicos, por tanto es relativamente constante. Entonces la cantidad de dinero (M) que necesita una economía depende de su nivel de precios y del nivel de su producto (Q). El producto de la economía depende, a su vez, de las decisiones de oferta de las familias y las empresas, y por tanto debe considerarse como dado en un momento del tiempo. De esta manera, si en un momento determinado la velocidad de circulación es estable y el nivel de producto está dado, los cambios en la cantidad de dinero (M) se traducen en cambios en el nivel de precios (P).

Esta identidad nos permite ver la estrecha relación que hay entre la cantidad de dinero que circula en la economía y los precios.

P = M × V / Q (2)

Según este enfoque, un crecimiento constante pero controlado de la cantidad de dinero se traducirá en un crecimiento análogo de los precios. El crecimiento sustancial, persistente y sostenido del nivel general de precios (P) a través del tiempo se denomina inflación.

Así, este enfoque plantea que para controlar la inflación, el banco central debe garantizar que la cantidad de dinero crezca al mismo ritmo que el valor de las transacciones de la economía. Si el crecimiento de la cantidad de dinero es mayor, la gente tratará de comprar más productos que los que genera la economía, y por tanto habrá presiones para que aumenten los precios. Si el crecimiento de la cantidad de dinero es menor, los medios de cambio serán insuficientes para atender las transacciones de la economía y se corre el riesgo de reducir el ritmo de la actividad económica.

LA CONTRIBUCIÓN DE OTRAS TEORÍAS
Las ideas de la teoría cuantitativa del dinero se mantuvieron vigentes hasta la crisis económica de 1929. La Gran Depresión de la década de 1930 abrió el espacio para otras visiones de la demanda de dinero.

El famoso economista John M. Keynes modificó el planteamiento monetarista al proponer que la gente no sólo demanda dinero para hacer transacciones, sino que además tiene otras motivaciones: la necesidad de ahorrar y la búsqueda de ganancias financieras adicionales a través del dinero. Keynes denominó estas dos últimas razones motivo precaución y motivo especulación.

Estas nuevas ideas propuestas por Keynes implicaban que la demanda de dinero ya no dependía sólo de la velocidad de circulación (V) y el valor del producto (P × Q), sino que además estaba determinada por la tasa de interés. Como vimos al principio de esta sección, la tasa de interés representa el costo de oportunidad del dinero; en ese sentido, mientras mayor sea la tasa de interés, la gente preferirá demandar menos dinero en efectivo, y viceversa.

Las ideas keynesianas dieron lugar a un conjunto de teorías sobre la demanda de dinero desarrolladas posteriormente por otros economistas y denominadas teorías no monetaristas. Estas teorías pueden esbozarse a través de dos críticas que sus promotores formularon a la teoría cuantitativa del dinero:

La primera de esas críticas es que no puede suponerse que la velocidad de circulación del dinero (V) es constante, porque no sólo depende de cambios en materia normativa o tecnológica, sino también depende de la tasa de interés y del comportamiento del producto (Q).

De esta manera, si V no es constante, un crecimiento de M no necesariamente se debe reflejar en un crecimiento equivalente de P. La segunda crítica tiene que ver con el hecho de que también es probable que los cambios en la cantidad de dinero no sólo afecten a los precios —como planteaban los monetaristas— sino que además pueden llegar a modificar el nivel de actividad económica cuando la economía no está haciendo un pleno empleo de sus recursos productivos.

Podemos intentar dar una explicación simple a esta situación: como ya mencionamos, un aumento de la cantidad de dinero en una economía se traduce en que la gente trata de comprar más productos; así, si la economía está produciendo al tope de sus capacidades, esa demanda adicional de la gente sólo logrará aumentar los precios —tal como lo postulaban los monetaristas—; pero si en la economía hay mano de obra y otros recursos ociosos, el aumento en la demanda puede traducirse en el uso de esos recursos y un aumento de la producción.

Para resumir podemos ver que el debate entre monetaristas y no monetaristas se concentra en determinar con precisión los factores de los que depende la demanda de dinero en la economía; sin embargo, lo más pertinente para efectos de las decisiones que debe tomar el banco central, se traduce en que ambos enfoques reconocen que hay una relación entre la cantidad de dinero y los precios; pero mientras los monetaristas suponen que un aumento en la cantidad de dinero tiene un efecto inmediato y pleno sobre los precios de una economía, los autores de la corriente keynesiana plantean que el impacto de la expansión monetaria sobre los precios puede ser apenas parcial, pues parte de esa inyección de dinero hará aumentar el producto si la economía no está en pleno empleo. Hay que tener en cuenta que la diferencia entre estos dos enfoques corresponde a los efectos del aumento de la cantidad de dinero en el corto plazo, pues la corriente keynesiana acepta que en el largo plazo también hay un efecto sobre los precios.


Funciones del Dinero

Para entender mejor los atributos que debe tener un objeto para que sea aceptado por todos los miembros de una sociedad en el intercambio, veamos con mayor detenimiento cuáles son las funciones del dinero. En primer lugar el dinero cumple la función de ser un medio de cambio, es decir, que debe ser aceptado por las personas a cambio de los bienes y servicios que ellas venden; así, se elimina uno de los problemas derivados del trueque: la necesidad de que coincida el interés de los que participan en el intercambio con los respectivos objetos que tienen para intercambiar.

En segundo lugar, el dinero puede usarse como unidad de cuenta; esto significa que los precios de los bienes y servicios pueden expresarse en unidades de dinero en vez de expresarlos en términos de otros bienes. En una economía de trueque era necesario, por ejemplo, establecer que dos bultos de trigo equivalían a diez metros de paño; así, el dinero es un medio que sirve para expresar los precios y los valores de las demás mercancías.

En tercer lugar, el dinero tiene una función muy importante como depósito de valor. Para poder cumplir esta función, el dinero debe mantener su valor durante el tiempo y, por tanto, no es necesario intercambiarlo inmediatamente cuando se recibe —como pudo suceder cuando en una economía de trueque se recibían productos perecederos como carne o frutas—.

La función del dinero de servir como depósito de valor está estrechamente relacionada con la de ser medio de cambio, pues para que cumpla su función en el intercambio debe mantener su valor a lo largo del tiempo; esto permite que la acción de comprar pueda separarse de la de vender, tanto en el tiempo como en el espacio; por ejemplo, un agricultor puede vender su cosecha el día de hoy en un pueblo, y usar el dinero recibido para comprar el vestuario que necesita al día siguiente en otro pueblo; en este sentido, un objeto que se usa como medio de cambio necesariamente debe ser depósito de valor.

Esa reflexión que parece simple nos sirve para entender una de las principales características que tiene el dinero: la liquidez. Cuando pensamos en objetos que pueden ser depósitos de valor podemos encontrar muchos candidatos además del dinero: las piedras preciosas, las obras de arte y aún los carros de colección pueden serlo; sin embargo, no todos los objetos que son depósito de valor pueden ser usados como medios de cambio, y menos como dinero. La liquidez es lo que distingue al dinero de otros objetos que pueden ser depósitos de valor, pues es una característica del dinero estrechamente relacionada con su aceptabilidad por parte de los miembros de una sociedad. Este concepto implica que el dinero es un objeto que en el intercambio tiene la capacidad de ser convertido de inmediato en otros objetos, y para ello se requiere que haya un acuerdo entre las personas involucradas en ese intercambio.

Además de la liquidez o aceptabilidad, el dinero debe tener otras características para poder cumplir sus funciones de medio de cambio, unidad de cuenta y depósito de valor, éstas son: durabilidad, divisibilidad y bajo costo de almacenamiento.

La durabilidad significa que físicamente el dinero debe mantener valor, es decir, que el material del que está hecho debe ser durable a lo largo del tiempo; esto explica por qué el hombre rápidamente se dio cuenta de que los metales, y en particular los metales preciosos, eran los objetos más adecuados para usar como dinero. De otro lado, la divisibilidad y el bajo costo de almacenamiento del dinero permiten que se pueda usar como unidad de cuenta y que las personas puedan llevarlo para realizar sus transacciones en cualquier momento y lugar.

El dinero ha tenido un largo proceso de transformación a lo largo de la historia. Hacia 2500 a. C. los egipcios empezaron a usar anillos de metal, y para 700 a. C. los lidios fueron los primeros en acuñar monedas, seguidos por los griegos. Sin embargo, hubo una larga evolución entre el momento en que se empezaron a acuñar las primeras monedas, y el uso de los billetes y monedas que hoy conocemos. Las civilizaciones antiguas, como la griega y la romana, tuvieron que enfrentar la transición de comunidades tribales hacia sociedades basadas, en buena medida, en la propiedad privada, en las que la actividad económica era ejercida de manera individual. Platón y Aristóteles, a través de sus obras literarias, nos han permitido saber que en la sociedad griega existía la propiedad privada de la tierra, la división del trabajo era bastante avanzada, el comercio era una actividad importante y, además, se usaba dinero.

Durante mucho tiempo los países usaron como dinero monedas con distintos contenidos de oro y plata; no obstante, hacia el siglo XIX los gobiernos empezaron a introducir el papel moneda. El papel moneda estaba respaldado por metales preciosos y, en este sentido, era un certificado que le permitía al que lo recibía en el intercambio canjearlo en cualquier momento por su equivalente en metales preciosos. ¿Ante quién podía ir una persona a exigir el cambio del certificado por una determinada cantidad de oro o de plata? En un principio estos certificados eran emitidos por compañías comerciales y bancos privados que asumían el compromiso de cambiar esos papeles por determinada cantidad de metal precioso, pero, después esta facultad la asumió el Estado.

Así, para la segunda mitad del siglo XIX el mundo se había desplazado hacia un sistema monetario en el que se usaba el papel moneda respaldado con oro; sistema que se denominó patrón oro, el cual permitía que todas las monedas y billetes que circulaban se convirtieran en oro mediante una equivalencia previamente establecida.

Para comienzos del siglo XX en casi todo el mundo el derecho de imprimir dinero era un monopolio legal del Estado; en la actualidad, ese monopolio es ejercido en la mayoría de países a través del banco central; adicionalmente, en cada país se adoptó una única moneda, denominada moneda local. Sin embargo, en circunstancias de inestabilidad económica que debiliten la credibilidad de la gente en su moneda, es probable que los países opten por usar alguna moneda extranjera simultáneamente con la moneda local; por ejemplo, en Latinoamérica ha habido épocas en las que la gente acepta tanto la moneda local como los dólares estadounidenses en el intercambio.

Después de la Primera Guerra Mundial, el patrón oro se vio amenazado debido a la inestabilidad económica derivada de aquella; así, la mayoría de países suspendieron la convertibilidad de su moneda en oro. A partir de ese momento los esfuerzos por restaurar el patrón oro fueron infructuosos, pues la Gran Depresión de los años treinta y, más tarde, la Segunda Guerra Mundial acabaron con toda posibilidad de retornar a ese esquema.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial los países más grandes se reunieron para tratar de sentar las bases de una nueva plataforma de crecimiento económico mundial; como parte de este objetivo, esas grandes potencias emprendieron la tarea de reorganizar el sistema monetario internacional. Dicho objetivo lo plasmaron en el denominado Acuerdo de Bretton Woods, suscrito en 1944, mediante el cual se adoptó el patrón cambio-oro basado en el dólar; bajo este esquema se estableció una equivalencia entre las principales monedas y el dólar y, a su vez, el dólar era convertible en oro.

A comienzos de los años setenta el gobierno de los Estados Unidos suspendió la convertibilidad del dólar en oro, como resultado de las amenazas a la estabilidad económica derivadas, principalmente, de una crisis en el abastecimiento de petróleo, terminando así con el Acuerdo de Bretton Woods. A partir de ese momento todos los países adoptaron un sistema monetario en el que el dinero no está respaldado por ningún metal precioso.

El dinero que no está respaldado por metales preciosos se denomina dinero de curso forzoso; bajo este esquema los billetes no representan una obligación para el banco central de pagar oro, sino que equivalen al valor en unidades de la moneda nacional que está impreso en ellos. El valor del dinero de curso forzoso radica en su aceptabilidad por todas las personas como medio de pago; por ello, una de las principales labores del banco central es preservar esa aceptabilidad para que el valor de la moneda se mantenga.

LA OFERTA MONETARIA

En las secciones anteriores vimos las funciones del dinero, las características que éste debe tener para que sea aceptado por todas las personas en el intercambio, y las razones por las cuales la gente quiere mantener dinero en su poder. Ahora trataremos de responder la siguiente pregunta: ¿cuánto dinero necesita una economía para su funcionamiento?

Si tratamos de responder pensando de nuevo sólo en nuestros deseos, probablemente digamos que una economía necesita mucho dinero, tanto como sea necesario para cubrir las necesidades de todas las personas.

Sin embargo, también vimos, al analizar las teorías de la demanda de dinero, que existe una relación estrecha entre la cantidad de dinero que hay en la economía y los precios; en otras palabras, un crecimiento excesivo de la cantidad de dinero de la economía sin un crecimiento simultáneo del producto se traducirá en inflación.

Más adelante profundizaremos un poco sobre los costos que las personas enfrentan cuando hay inflación; por ahora basta mencionar que la inflación hace que el dinero pierda valor y la gente deje de confiar en él, y no podemos olvidar que para que el dinero sea comúnmente aceptado en el intercambio es fundamental que la gente tenga confianza en él; además, hay que tener en cuenta que la inflación hace que las personas puedan comprar menos cosas con el dinero que cotidianamente reciben.

Estas consideraciones nos sugieren que debemos replantear nuestra respuesta; aunque a primera vista parecería que un gran aumento de la cantidad de dinero es bueno para una economía, en muchos casos trae más problemas que beneficios; por eso la autoridad monetaria debe determinar la cantidad adecuada de dinero que debe circular en una economía, para mantener su valor y preservar la confianza de la gente en él. A continuación veremos en qué consiste esa labor.

La oferta monetaria es el volumen de dinero que se encuentra disponible en una economía en un momento determinado; ésta, en su forma más simple, corresponde al dinero en efectivo en poder de las personas, es decir, los billetes y las monedas que ellas poseen, así como al dinero que está depositado en las cuentas corrientes de los bancos y que puede hacerse efectivo a través de cheques.

Una característica muy importante de los billetes, las monedas y los cheques que conforman la oferta monetaria es su liquidez; en la sección anterior explicamos que la liquidez está estrechamente relacionada con la aceptabilidad de la moneda, es decir con la posibilidad de cambiarla de inmediato por otros objetos, por tanto, los billetes, las monedas y los depósitos son los instrumentos monetarios más líquidos; la liquidez es, entonces, un factor fundamental al tratar de definir con precisión la oferta monetaria de un país.

Esta consideración es importante porque a medida que se fueron creando instrumentos financieros más complejos —como las cuentas de ahorro y los títulos valores— algunos economistas consideraron conveniente incluirlos dentro de la oferta monetaria. La justificación para esta ampliación de la definición de oferta monetaria radica en que estos nuevos instrumentos también pueden ser líquidos, aunque no de manera tan expedita como el dinero y los depósitos.

En suma, la definición básica de oferta monetaria es la que abarca los billetes, las monedas y los cheques, pero existen otras definiciones más complejas que incorporan los nuevos instrumentos financieros que van desarrollándose en las economías.

¿Cómo pueden las autoridades económicas modificar la oferta monetaria? Ante todo es importante precisar de qué esquema monetario estamos hablando, teniendo en cuenta los conceptos que presentamos en la sección sobre el dinero. En un esquema monetario como el del papel moneda, en el cual los billetes y las monedas estaban respaldados por metales preciosos, la oferta monetaria estaba determinada por el volumen de los metales con que cuenta una economía. En ese contexto, los cambios en la oferta monetaria se logran modificando las tenencias de metales preciosos de esa economía.

En contraste, en un esquema monetario de curso forzoso —como el que ya explicamos— la oferta monetaria es determinada en buena medida por la política económica. Detengámonos un momento en el concepto de política económica.

La política económica puede definirse como el conjunto de medidas mediante las cuales el Estado trata de afectar la economía; así, el Estado busca influir sobre la economía para tener impacto sobre tres aspectos fundamentales: la asignación de los recursos, la estabilización de la economía y la distribución del ingreso o de la riqueza. De estos tres aspectos el segundo está estrechamente
relacionado con la determinación de la oferta monetaria; en efecto, para alcanzar la estabilización de la economía un país debe lograr, por lo menos, que haya pleno empleo de los recursos y que la inflación esté bajo control.

Los principales instrumentos con que cuenta el Estado para incidir sobre la economía son de dos tipos: por un lado están los instrumentos de la política fiscal, es decir, aquellos relacionados con los impuestos que cobra el gobierno, así como con sus gastos; por otro lado está la política monetaria, la cual se usa para regular la cantidad de dinero que circula en la economía. El Estado debe guardar coherencia entre la política fiscal y la monetaria, pues no siempre las medidas que se toman para alcanzar el pleno empleo de los recursos contribuyen a mantener la inflación bajo control, mientras las medidas dirigidas a controlar la inflación pueden tener un impacto negativo sobre el empleo.
Como ya hemos dicho, en la mayoría de países la institución que posee la autoridad legal de emitir dinero y determinar la oferta monetaria es el banco central; ahora veamos cómo lleva a cabo su tarea el banco central, y con qué instrumentos cuenta para hacerlo.

El banco central

El banco central es la entidad que tiene la autoridad legal para emitir dinero; además de contar con esta facultad tan importante, el banco central tiene entre sus funciones regular otros elementos fundamentales para el funcionamiento de la economía, así, controla la cantidad de dinero que circula en la economía, regula la disponibilidad y el costo del crédito, y es el coordinador del sistema de pagos y el prestamista de última instancia. Igualmente, el banco central es considerado como el banco de bancos; este peculiar apelativo se debe principalmente a que las entidades financieras están obligadas a depositar una parte del dinero que reciben de sus ahorradores en el banco central.

A la par, el banco central regula los aspectos relacionados con los cambios internacionales, es decir, con las transacciones en moneda extranjera o en divisas. Un ejemplo de este tipo de transacciones es el pago de las importaciones por parte de las empresas colombianas, o el dinero que éstas reciben por concepto de exportaciones; adicionalmente, el banco central administra las reservas internacionales.

Por cumplir todas estas funciones, al banco central se le denomina la autoridad monetaria. En esta guía nos concentraremos en las funciones del banco central relacionadas con la regulación de la oferta monetaria, así como con la disponibilidad y el costo del crédito; en particular, responderemos dos interrogantes: ¿Cómo modifica el banco central la cantidad de dinero que circula en la economía?, y ¿qué instrumentos tiene a disposición para lograr ese objetivo?

El banco central modifica la cantidad de dinero que circula en la economía a través de la compra de activos financieros del público y la venta de activos financieros al público. Un activo financiero es un título valor que contribuye a incrementar la riqueza de quien lo posee; el dinero, las divisas o las monedas extranjeras, las acciones de las empresas y los títulos valores del gobierno son ejemplos de activos financieros.

En el caso particular del banco central, se pueden mencionar entre sus activos financieros los títulos valores emitidos por el gobierno nacional, que en Colombia se llaman TES, las divisas y los títulos valores denominados en moneda extranjera. El banco central puede hacer préstamos a las entidades financieras como parte de su labor de banco de bancos, los cuales también son un activo financiero para el banco central; igualmente, el oro es otro activo financiero que puede mantener el banco central.

Veamos con un poco más de detalle cómo afecta el banco central la cantidad de dinero que circula en la economía. Por ejemplo, cuando el banco central vende al público divisas y títulos valores emitidos por el gobierno, recibe a cambio dinero que retira de circulación. Así, al vender activos financieros el banco central genera una disminución de la cantidad de dinero que circula en la economía.

De manera análoga, si el banco central le compra al público divisas y títulos valores del gobierno, se queda con estos activos financieros y a cambio entrega dinero que entra a circular en la economía; así, cuando el banco central compra activos financieros genera un aumento de la cantidad de dinero.

La conclusión que podemos sacar hasta este punto es que la compra y venta de activos financieros por parte del banco central se traduce en un cambio en la cantidad de dinero que circula en la economía.

Esta cantidad de dinero también se ve afectada por las decisiones del banco central de prestar recursos a las entidades financieras, así como por las normas que determinan de qué monto deben ser los depósitos que éstas deben mantener en el banco central.

Esta descripción del proceso de compra y venta de activos financieros por parte del banco central ilustra de manera simple los tres instrumentos fundamentales con que cuenta la autoridad monetaria para alcanzar el objetivo de modificar la cantidad de dinero circulante, los cuales son: las operaciones de mercado abierto (OMA), la tasa de descuento y los requerimientos de reservas o encaje.

Las OMA son las compras y ventas de papeles o títulos valores por parte del banco central en el mercado abierto, esto es, un mercado financiero en el que las transacciones no son privadas; además, son el mecanismo más utilizado por el banco central para aumentar o disminuir la oferta monetaria en Colombia.

Las OMA pueden ser temporales o permanentes; las OMA temporales se conocen como operaciones repo y sirven para aumentar (expansión) o disminuir (contracción) la liquidez de una manera pasajera, ya que son compras o ventas temporales en las que el Banco de la República se compromete a vender (o comprar) nuevamente los títulos valores una vez se cumpla el plazo fijado, que suele ser de pocos días; por su parte, las OMA permanentes son transacciones en las cuales la compra o venta de los títulos es definitiva, de manera que los efectos sobre la liquidez ya no van a ser de carácter provisional sino permanentes, como su mismo nombre lo dice.

Cuando el banco central modifica la cantidad de dinero en circulación a través de sus préstamos de recursos a las entidades financieras, el instrumento clave es la tasa de descuento (o tasa de interés de intervención) nombre con el que se conoce la tasa de interés que el banco central cobra a los bancos por los préstamos que les hace; esos préstamos, de muy corto plazo (un día, siete días y catorce días), son usados por los bancos para incrementar los recursos con que cuentan para dar crédito a sus clientes. Si la tasa de descuento es baja, hay un incentivo para que los bancos pidan prestado al banco central y usen esos recursos para ofrecer más crédito a las personas; si la tasa de descuento es alta el efecto será el opuesto: los bancos no querrán tomar prestado y tendrán menos recursos de crédito para ofrecer a las personas.

Por último, los requerimientos de reservas o encaje son otro instrumento que le permite al banco central controlar los recursos con que cuentan las entidades financieras. Los requerimientos de reservas o encaje son depósitos que esas entidades financieras están obligadas a hacer en el banco central. ¿Por qué existe esa obligación?

Como los bancos usan el dinero que las personas depositan en sus cuentas para prestarlo a quienes necesitan crédito, sería muy incómodo que alguien quisiera reclamar el dinero depositado y que el banco le respondiera que tiene que esperar a que quien recibió ese dinero prestado lo devuelva; una situación como esa seguramente desanimaría a las personas para abrir cuentas en los bancos y frenaría el crecimiento del sistema financiero en una economía; por tanto, para preservar la confianza de las personas en el sistema financiero, los bancos están obligados a mantener una proporción de los depósitos de dinero que reciben de las personas en el banco central y así disponer de dinero para responder de inmediato las solicitudes de sus clientes.

Veamos cómo el dinero que se deposita como requerimiento de reserva puede usarse como un mecanismo para afectar la disponibilidad de crédito en la economía. Si el banco central quiere disminuir la cantidad de crédito, incrementa los requerimientos de reserva y obliga así a los bancos a “congelar” una mayor proporción de los depósitos de dinero que reciben, lo que a su vez reduce el dinero con que esas entidades cuentan para ofrecer crédito a las personas. En contraste, si el banco central quiere aumentar el crédito disponible en la economía, disminuye los requerimientos de reserva y así genera un incremento en el dinero que las entidades financieras tienen para ofrecer crédito a las personas.

Hasta este punto hemos visto cómo logra el banco regular el tamaño de la oferta monetaria y la disponibilidad de crédito, pero, ¿cómo incide sobre el costo del crédito, es decir, sobre la tasa de interés?

Por una parte, al expandir o contraer la cantidad de dinero que circula en la economía se produce un efecto sobre la tasa de interés. Como ya hemos visto, la tasa de interés es el costo que tienen los créditos o los recursos que un agente económico toma en préstamo; así, cuando hay más cantidad de dinero en la economía, los costos de esos recursos no son tan altos como cuando la oferta monetaria se reduce. De esta manera, si aumenta la cantidad de dinero que hay en la economía habrá un exceso de la oferta de dinero sobre la demanda, y la tasa de interés bajará; pero, si se disminuye la oferta de dinero, el efecto es el contrario: habrá un exceso de la demanda de dinero sobre la oferta, y la tasa de interés subirá.

Por otra parte, en la medida en que la tasa de descuento (o tasa de interés de intervención) es la tasa de interés que el banco central cobra a los bancos por los préstamos que les hace, se convierte en un mecanismo para que la autoridad monetaria pueda influenciar las tasas de interés de la economía. Los aumentos o las disminuciones que el banco central haga de la tasa de descuento generan movimientos en la misma dirección en la tasa de interés de la economía, porque las entidades financieras deben tomar en cuenta esos cambios para calcular la tasa de interés que le cobran a sus clientes; sin embargo, este efecto se da con un gran rezago en el tiempo, entre 18 y 24 meses, porque la tasa de descuento opera para préstamos de muy corto plazo del banco central a las entidades financieras, y en esa medida tarda en afectar el resto de tasas de interés de la economía.

EL DINERO Y LA TASA DE CAMBIO

Como vimos en la sección anterior, entre las funciones más importantes de un banco central está la de regular los aspectos relacionados con los cambios internacionales, es decir, con las transacciones en moneda extranjera, así como la de administrar las reservas internacionales.

Igualmente, vimos que las reservas internacionales son activos financieros denominados en moneda extranjera en poder del banco central. En este sentido, cada vez que el banco central compra o vende activos denominados en moneda extranjera, influye sobre la cantidad de dinero que circula en la economía. Cuando el banco central compra activos denominados en moneda extranjera, entrega a cambio moneda local, lo que aumenta la cantidad de dinero que circula en la economía; en cambio, cuando el banco central vende activos denominados en moneda extranjera, recibe a cambio moneda local que saca de circulación, reduciendo así la cantidad de dinero de la economía.

Así, la moneda extranjera tiene un impacto sobre la cantidad de dinero que circula en la economía. De hecho, cuando hay transacciones en moneda extranjera en una economía, esa moneda —bien sea el dólar, el euro o el yen, por ejemplo— se convierte en algo que se compra y se vende. En términos generales, la moneda extranjera se denomina divisa, y en la medida en que se compra y se vende tiene un precio.

La tasa de cambio es el precio de la divisa y puede definirse como el número de unidades de moneda nacional que se necesitan para comprar una unidad de moneda extranjera; la tasa de cambio nos permite, entonces, hacer una equivalencia en moneda doméstica de las transacciones que se realizan en la economía en moneda extranjera.

Los efectos de la intervención del banco central en el mercado de divisas o de moneda extranjera sobre la oferta monetaria dependen del tipo de régimen cambiario que el país tenga. Existen dos tipos fundamentales de régimen cambiario: el sistema de tasa de cambio fijo y el sistema de tasa de cambio flexible; en la práctica han existido variaciones de estos regímenes básicos que han dado lugar a otros tipos de regímenes.

En un sistema de tasa de cambio fijo el banco central se compromete a comprar y vender moneda extranjera a un precio dado en términos de la moneda nacional. Por otra parte, en un régimen de tasa de cambio flexible el banco central no interviene en el mercado de divisas, de manera que son la oferta y la demanda de divisas de los demás agentes económicos las que determinan su precio, es decir, la tasa de cambio. En un régimen de tasa de cambio flexible puede haber flotación limpia y flotación sucia; en la flotación limpia el banco central no interviene definitivamente el mercado de moneda extranjera; así, dado que el banco central no estabiliza el precio de la divisa comprando y vendiendo moneda extranjera a un precio fijo, la tasa de cambio fluctúa a través del tiempo según la oferta y la demanda de los demás agentes económicos. En un sistema de flotación sucia el banco central interviene en ciertos momentos en las operaciones cambiarias para que las fluctuaciones de la tasa de cambio no sean muy drásticas.

Los movimientos de la tasa de cambio se denominan de una manera específica: un aumento del precio de la divisa se llama devaluación de la moneda si tiene lugar bajo un régimen de cambio fijo, y depreciación de la moneda si tiene lugar bajo un sistema de tipo de cambio flotante. Cuando la moneda local se devalúa o se deprecia, se produce una pérdida de su poder de compra, pues cada vez cuesta más una unidad de moneda extranjera; así, cuando la tasa de cambio sube, la moneda local se debilita.

Una caída del precio de la divisa se llama revaluación de la moneda en un régimen de tipo de cambio fijo, y apreciación de la moneda en uno de tasa flotante. Cuando la moneda local se revalúa o se aprecia, se produce un aumento de su poder de compra, pues cuesta menos una unidad de moneda extranjera; en este caso, la tasa de cambio baja y la moneda local se fortalece.

Ahora veamos cómo se da el efecto sobre la oferta monetaria de la compra y la venta de activos en moneda extranjera por parte del banco central. Como ya dijimos, en un esquema de tasa de cambio fija el banco central debe garantizar que el precio de la divisa permanezca constante.

Supongamos, por ejemplo, que la economía recibe una avalancha de dólares por las exportaciones de un producto que tiene altos precios en el mercado mundial —como ha sucedido con el petróleo en los últimos años—; en ese caso el precio de las divisas tenderá a bajar porque hay una gran oferta de ellas, es decir, hay una tendencia hacia la revaluación de la moneda local.

En tal caso el banco central tendrá que intervenir en el mercado comprando divisas para que su precio no caiga, pagando por ellas con moneda local; compra de divisas que aumentará la cantidad de dinero que circula en la economía.

Si este caso se registra en un régimen de tasa de cambio flexible, el banco central no tiene que intervenir en el mercado cambiario, y por lo tanto no se altera la cantidad de dinero de la economía. El precio de la divisa bajará porque su oferta es mayor que su demanda, lo que significa que la tasa de cambio se reducirá. En la medida en que cuesta menos una unidad de moneda extranjera, el precio en moneda local de los bienes importados disminuirá, lo cual puede además reducir el precio de los bienes producidos localmente.
LA INFLACIÓN
La inflación es un aumento sustancial, persistente y sostenido del nivel general de precios de una economía a través del tiempo. Es importante tener en cuenta que sólo hay inflación cuando se da un aumento en la mayoría de los precios de una economía, y no un incremento aislado o temporal en el precio de un solo producto o de un conjunto de productos.

La inflación se mide a través del índice de precios al consumidor (IPC), que es una medida del costo de vida en una economía a partir de los cambios en los precios de los bienes y servicios que consumen las personas; en este sentido, la inflación es un promedio y por eso se necesita que la mayoría de productos aumente de precio de manera significativa para que haya inflación. En Colombia el cálculo y el análisis de la evolución del IPC son realizados por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE).

Para realizar el cálculo del IPC el DANE construye la canasta familiar con base en una encuesta de ingresos y gastos que se realiza en todo el país; así, la canasta familiar contiene el conjunto de bienes y servicios que consume una familia colombiana típica.

¿Por qué se puede dar un aumento generalizado en los precios?
Existen varias causas potenciales: la primera, y la más importante, es un aumento generalizado en la demanda, como el que se genera cuando la cantidad de dinero crece de manera desmedida, cuando hay una bonanza exportadora o cuando se desborda el gasto del gobierno. Las otras causas se relacionan con un aumento excesivo de los costos de producción, que puede ser generado por diversos factores como el desabastecimiento de materias primas, una guerra o una catástrofe natural. También es posible que la economía no funcione correctamente, como sucede cuando hay un excesivo nivel de endeudamiento del país o cuando el gobierno no puede responder por sus gastos.

Concentraremos nuestra discusión en la inflación causada por un aumento de la demanda, pues está estrechamente relacionada con la disponibilidad de dinero en la economía. Para que se dé un aumento de la demanda es necesario que aumente la cantidad de dinero que la gente tiene para gastar; así, si en un momento del tiempo los ingresos de las personas son constantes, ¿cómo puede aumentar el dinero que tienen para gastar? Existen varias opciones. Por ejemplo, puede ser que la tasa de interés sea tan baja que las personas prefieran gastar sus ahorros que mantenerlos en las entidades financieras recibiendo esos bajos intereses; de otra parte, en un escenario de ese tipo es probable que incluso las personas que no tienen ahorros decidan endeudarse para gastar porque el costo del crédito es muy bajo.

Por estos motivos, el banco central debe controlar la cantidad de dinero que circula en la economía, pues si crece excesivamente puede estimular la demanda más de lo deseado, y puede generar un aumento desmedido de los precios.

Ahora bien: ¿por qué es tan importante que no se genere un aumento excesivo en los precios?. Es importante evitar la inflación ya que ésta nos afecta a todos de manera negativa.

COSTOS DE LA INFLACIÓN
La inflación nos afecta a todos porque perdemos poder adquisitivo en la medida en que nuestros ingresos son constantes en un momento del tiempo. El poder adquisitivo es la capacidad que tienen las personas para comprar productos con su ingreso; dicha capacidad está determinada por el dinero con que las personas cuentan en un momento dado y por los precios de los productos que suelen consumir.

Si durante un período de tiempo la cantidad de dinero de que disponen no aumenta al mismo ritmo que los precios, la gente no podrá comprar todos los bienes que antes compraba con ese mismo dinero: esto quiere decir que las personas han perdido poder adquisitivo.

Las personas que tienen un ingreso fijo son las que más pierden cuando aumentan los precios; por ejemplo, los asalariados pierden porque cuando el IPC aumenta, ven disminuida su capacidad de compra.

Algo parecido sucede con los pensionados que también reciben una suma fija; también pierden quienes tienen ahorros en una entidad financiera que les da intereses fijos, porque cada vez reciben un dinero que tiene un menor poder de compra.

Adicionalmente, la inflación no sólo afecta las condiciones de vida de las personas sino que va minando su confianza en la moneda que circula en la economía; en efecto, si con un billete de diez mil pesos puedo comprar ahora la mitad de lo que compraba hace un mes, ya no valoro tanto ese billete como lo valoraba hace un mes. Esto es lo que sucede en las economías en las que la inflación se acelera y los precios crecen mes tras mes, e incluso día tras día.

Cuando el crecimiento de los precios supera la barrera del 100% anual se denomina hiperinflación. Ese tipo de procesos ha llevado a muchos países a cambiar sus monedas para restaurar la confianza del público y así lograr que la gente quiera mantener el dinero en sus manos. Esto no quiere decir que siempre que una economía entra en un período hiperinflacionario debe cambiar sus monedas, pero en la mayoría de los casos ha sucedido así. Buena parte de lo que alimenta un proceso de hiperinflación es el deseo de la gente de deshacerse de la moneda que ya no sirve como depósito de valor y cambiarla por objetos o por una moneda más fuerte. Esa necesidad de la gente de deshacerse de la moneda presiona aumentos en los precios y por esto el gobierno encuentra que una solución puede ser el cambio de moneda.

En situaciones menos severas que una guerra o una profunda crisis económica lo que sucede es que, simultáneamente con la moneda local, empieza a circular una moneda extranjera más sólida, como el dólar, por ejemplo, que tiene la capacidad de mantener su valor.


MECANISMO DE TRASMISIÓN DE LA POLÍTICA MONETARIA

Hasta este punto hemos analizado las principales funciones del banco central, y cómo se ejecuta la política monetaria; también hemos visto que la inflación es la principal consecuencia de un exceso de oferta de dinero en la economía, y que ésta es muy costosa para la gente. En esta sección profundizaremos un poco en los mecanismos de transmisión de la política monetaria y en la manera como las decisiones que toma el banco central tienen efecto sobre nuestra vida cotidiana.
Los mecanismos de transmisión pueden definirse como la cadena de acontecimientos que se inicia con la decisión del banco central de ajustar la cantidad de dinero que circula en la economía, y culmina con los cambios que se dan en el consumo, la producción, el empleo y los precios.

Como ya hemos visto, cuando el banco central quiere cambiar la cantidad de dinero de la economía puede adoptar varias medidas: una de ellas es la modificación de la tasa de descuento. Por ejemplo, si el banco central baja la tasa de descuento habrá un incentivo para que las entidades financieras ofrezcan más crédito; el efecto de esta decisión será un mayor volumen de dinero circulando en la economía. Esta medida también puede tener un impacto sobre la tasa de cambio si la gente decide usar ese dinero para comprar divisas; adicionalmente, la mayor cantidad de dinero en circulación aumentará la demanda por bienes y servicios, lo cual estimulará el aumento de la producción si la economía tiene recursos productivos ociosos. Por el contrario, si la economía no cuenta con suficientes recursos productivos disponibles, el aumento en la cantidad de dinero en circulación generará un aumento del nivel de precios y por ende una aceleración de la tasa de inflación.

Un análisis similar puede hacerse para otros instrumentos de la política monetaria como las OMA o los requerimientos de reserva, cuya aplicación termina afectando la cantidad de dinero de la economía; no obstante, el punto que queremos destacar ahora es que la magnitud de los efectos de la política monetaria no es predecible con total exactitud, como tampoco lo es el tiempo en que se dará esa repuesta.

Ambas cosas dependen de variables complejas asociadas con los procesos de decisión de los inversionistas, los consumidores y los productores en una economía en un momento determinado; además, existen otros factores que pueden influir en ese proceso —como problemas políticos internos o situaciones particulares de la economía mundial—

EL DILEMA DE LA POLÍTICA MONETARIA:
ENTRE EL CONTYROL A LA INFLACIÓN Y EL CRECIMIENTO DE LA ECONOMÍA


La política monetaria es una de las herramientas con que cuentan las autoridades económicas para alcanzar los objetivos de estabilizar la economía y garantizar su crecimiento. La estabilización abarca la búsqueda de altos niveles de empleo de los recursos y la estabilidad de los precios.

Para concluir esta guía recordemos algunas de las ideas que discutimos cuando analizamos la oferta monetaria, que nos permiten entender la importancia de la política monetaria y el dilema que enfrenta el banco central al ejecutarla.

Ya sabemos que un excesivo crecimiento de la cantidad de dinero genera inflación; en contraste, si la cantidad de dinero de una economía crece a un ritmo inferior al adecuado, se puede dar una desaceleración de la actividad económica y el consecuente desempleo.

Al analizar la teoría cuantitativa del dinero vimos que hay una estrecha relación entre la cantidad de dinero que circula en la economía (M) y los precios (P), tal como lo ilustra la ecuación (2). Esa relación se produce porque la teoría cuantitativa supone que la economía está en pleno empleo de sus recursos; así, en la medida en que la velocidad de circulación del dinero (V) sea constante y el producto (Q) no pueda crecer por el pleno empleo de los recursos, cualquier aumento de M se traducirá en un aumento en P. Bajo estas condiciones, si el banco central quiere controlar la inflación bastaría con controlar la cantidad de dinero que circula en la economía.

P = M × V / Q (2)
Donde:
M es la cantidad de dinero
V es la velocidad de circulación del dinero
P es el nivel general de precios de la economía
Q es el producto de la economía

Sin embargo, cuando la economía no está en pleno empleo es posible que al aumentar la cantidad de dinero (M) se dé un efecto positivo sobre el producto (Q), es decir que es posible que se estimule la actividad económica y por tanto se incremente el empleo de los recursos.

¿Cómo puede suceder esto? Esto sucede si al aumentar la cantidad de dinero que circula en la economía la tasa de interés baja; así, cuando esto sucede se pueden generar varios efectos que tienen un impacto positivo sobre el producto (Q): uno de esos efectos es que la gente aumente el consumo, pues ya no es tan atractivo ahorrar; otro puede ser que las empresas pidan créditos para financiar incrementos en la producción; también puede suceder que sean las personas las que quieran endeudarse para consumir más.

Teniendo en cuenta esas consideraciones, el banco central debería aumentar la cantidad de dinero lo suficiente como para estimular la actividad productiva, pero no tanto como para generar inflación. Esta acción es compleja pues no es fácil determinar cuándo la economía se acerca al pleno empleo, por tanto, el banco central corre el riesgo de aumentar la cantidad de dinero excesivamente, de modo que ya no se genere un impacto positivo sobre el crecimiento de la economía sino que se produzca inflación. En conclusión, este es el principal dilema que un banco central enfrenta permanentemente.

* El dinero y la política monetaria / Banco de la República. Departamento de Comunicación Institucional, Mauricio Reina, Sandra Zuluaga, Marcela Rozo; ilustradores Rubén Romero, Gabriel Pulido. - Bogotá: Banco de la República. Departamento de Comunicación Institucional, 2006.

LA MONETIZACION HUMANA


La monetización humana*.


La moneda ha llegado a ser, de buen grado o a la fuerza, en muchas culturas contemporáneas, una pieza clave en las relaciones humanas.

Es difícil imaginarnos el mundo sin moneda. Las utopías que lo proponen, de momento, fracasan. Pero, al mismo tiempo, existe la intuición de que la moneda no siempre es una ayuda para las relaciones humanas, sino que también las enreda. Vivimos en esta ambigüedad.

Estos últimos años -como en ciertos períodos de la historia de las sociedades monetizadas- el «dinero ha dejado de ser tabú para convertirse en rey». Esta frase es de Alain Minc, el brazo derecho del financiero Carlo de Benedetti. En su último libro L'Argent fou (El dinero loco) dice que «cree en la economía de mercado, en el capitalismo y en su capacidad de movimiento y de renovación y acepta por tanto 'el precio que se tiene que pagar: el peso del dinero en nuestra sociedad'. El principal problema se encuentra en que 'nuestro capitalismo no tiene un contramodelo, se ha descubierto que sólo existe una manera de hacer economía de mercado y ahora se tiene que encontrar, dentro del propio sistema, un contrapoder' sin el que se 'recrearán los conflictos de clases' y se pondrá en cuestión la legitimidad del sistema económico vigente en la actualidad. 'Ha llegado el momento de decir stop, vamos a derrapar'. El mercado que sólo se identifica con el dinero se ha convertido en 'totalitario'. Hoy existe un 'salario mínimo de los ricos' porque los tipos de interés son muy superiores a la inflación. 'No existe salario que aumente en la misma proporción1'».

Después de esta sorprendente denuncia, Alain Minc nos sorprende con la solución: «Preconiza la instauración de una ética y la resurrección de la virtud y la moral. Unas reglas económicas y de vida que consisten en 'no vender ni comprar acciones' y en colocar sus ahorros en cuentas a plazo».

Por lo que sabemos de nuestro sistema económico, las crisis de sobreproducción o de subconsumo, la inflación o la deflación, la pobreza y la opulencia... no son disfunciones fácilmente solucionables. Parecen formar parte de la misma dinámica del capitalismo real. Dicen que son el precio inevitable de un sistema que favorece el progreso, el desarrollo y la modernización. El socialismo real no sólo no parece haber superado estos problemas, sino que ha creado otros.
Los teóricos de uno y otro sistema han considerado el tema monetario como tema secundario en la economía. Mientras la moneda estaba vinculada a metales preciosos escasos provocaba problemas, pero su emisión tenía una cierta disciplina. A medida que la moneda se ha ido desligando de cualquier contrapartida real y que la única disciplina es la impuesta por las necesidades de los estados y por los intereses de los bancos estamos viviendo una situación radicalmente nueva, sobre la que no sabemos gran cosa. «La actitud de los economistas ante la moneda puede parecer curiosa. Mientras se desarrollan durante el siglo XVIII los bancos emisores de billetes gracias a los que es posible hacer una política de creación de moneda autónoma, libre de las limitaciones impuestas por la producción de metales preciosos, los economistas lanzan la idea de que la moneda es un fenómeno secundario del que es posible prescindir cuando se estudian las leyes económicas fundamentales. Este punto de vista, que prevalece desde entonces, no les impide denunciar regularmente los desórdenes monetarios que, según ellos, son la causa de la inestabilidad de las economías. Esta actitud paradójica es testigo, en todo caso, de la complejidad de la función que tiene la moneda en las sociedades modernas2».
Mientras los teóricos discuten, el dinero corre por todo el mundo a golpe de ordenador buscando beneficios inmediatos, aprovechando los tipos de interés altos en uno u otro país, comprando y vendiendo acciones que no tienen nada que ver con el valor de las empresas que las han emitido, especulando sobre propiedades inmobiliarias, en materias primeras o en recursos naturales escasos... El dinero fácil y abundante para especular destruye así la producción real, agrava la depredación ecológica, condena a la miseria a millones de personas... facilita el tráfico de influencias, la evasión fiscal, el tráfico de drogas y de armas... Aquí y allá surgen voces que alertan de los peligros que la economía especulativa, facilitada por las transacciones electrónicas, puede representar para la economía real y para el Estado de derecho.

Lorenzo Dionis, un profesor de la IESE, expone la gravedad de la situación. «Me viene a la memoria el aviso que el Nobel de Economía del año 1988, Maurice Allais, dio el mes de mayo a través del diario Le Monde, al afirmar que el volumen de dólares que se transfieren diariamente de una mano a otra alcanza la cifra de 420.000 millones, cuando las necesidades reales no pasan de 12.400 millones... No cabe la menor duda de que estos manejos de dinero inexistente, que hace ricos en un día a «tiburones» o «yuppies» a costa de que se tambalee la empresa real, la que rinde un servicio y crea valor económico añadido, no se aceptan con facilidad. Estos negocios ficticios nos han proporcionado el «lunes negro» del 87, el «viernes triste» del 89 y el próximo bache que puede traer el 90. Porque en la década de los años noventa, o se refuerza la economía real de Europa y del mundo o el capitalismo... volverá a romperse3».

Por su parte el profesor de política económica de la Universidad Keita de Tokio «Compara los mercados financieros con un gran casino habitado por especuladores atentos a cualquier posible maniobra...» y añade «que cada vez es más difícil controlar estos juegos financieros... porque los mercados financieros de todo el mundo están ahora sincronizados y las transacciones están dirigidas globalmente, no nacionalmente. Podemos prever que la información de las redes internacionales convertirá los mercados mundiales en casinos en los años 90, cosa que beneficiará numerosas «burbujas» e incrementará el número de las transacciones que no se basan en factores económicos4».

Estos recientes toques de alerta, hechos por personas que conocen bastante bien el sistema actual, no hacen más que añadirse a los de otras personas que desde hace años avisan de los peligros que tiene una moneda desvinculada del mercado de bienes y servicios real. Pierre Mendes-France, en 1974, ya planteaba estos problemas, pero todavía no se ha encontrado la manera de resolverlos. «Pienso desde hace tiempo que es urgente preservar las operaciones comerciales y las transacciones corrientes de los accidentes que provoquen las migraciones salvajes de capital. Se han de controlar estas migraciones e impedir ciertas agitaciones de pánico o de especulación. Es preciso crear una especie de policía de los movimientos de capital. La tendencia a la inflación sólo puede ser dominada si una ley clara e irresistible une el mecanismo monetario a las necesidades verificables de la vida económica y de los intercambios5».

Al lado de estos procesos de divorcio entre la economía real y el movimiento de dinero rápido, básicamente electrónico, continúan los flujos de dinero negro. «Como promedio, llega a la Confederación Helvética más de una tonelada diaria de billetes de banco de todo el mundo6».
Gran parte de este dinero puede ser blanqueado del fraude fiscal, del tráfico de influencias o de drogas. «Los tres grandes bancos suizos... se han defendido vigorosamente de las insinuaciones sobre su participación en la «conexión libanesa», pero el Ministro de Interior de la Confederación ha demostrado que los correos que trasladaban el dinero desde Turquía a Zurich pasando por Sofía, lo hacían en maletas de los bancos7».

Algunos problemas actuales son tan explosivos que las mismas instituciones, que normalmente ejercen el dominio financiero sobre los estados, comienzan a darse cuenta del absurdo y del peligro de la situación creada. «El director del Fondo Monetario Internacional se ha dirigido a los gobiernos deudores ante las «extravagantes demandas» de los bancos acreedores para que resistan a la reclamación de su astronómica deuda. Si realizaran tales pagos se privarían de importaciones esenciales y condenarían a sus países a la inanición. (Esta) filtración ha suministrado una mayor ansiedad en los sectores privados de la banca de los países ricos, que se enfrentan ahora a las consecuencias de más de un decenio de préstamos imprudentes a gobiernos inestables o débiles8».

Para intentar cambios políticos la moneda parece un instrumento clave. El presidente Fujimori prometió que cambiaría «la moneda de Perú como una medida para combatir la crisis». El presidente saliente, Alán García reconoció que «En mi Gobierno quizá se cometieron muchos errores... pero también hubo demasiada carga emocional, demasiado odio, porque en un momento intentamos controlar los instrumentos del manejo del dinero9». Han pasado los meses, el cambio de moneda no se da y la situación no parece mejorar. Cuando debido a una situación inflacionaria -como en Argentina- se produce un cambio de moneda (el peso por el austral o la equiparación del austral al dólar), se modifica el nombre o el valor, pero no se modifican sus características desinformativas y corruptoras. Los resultados no acostumbran a ser los esperados.

Y para enredar las cosas el actual tipo de moneda también es una buena herramienta. «La causa directa de la caída de la dirección federal del partido (Los Verdes) fueron las irregularidades financieras en la compra y gestión de la sede central del partido en Bonn. Tras años de erigirse en el gran acusador de la corrupción de los otros partidos parlamentarios por el escándalo Flick y otros, los «verdes» se han visto desposeídos de su aureola de honradez y de sencillez espartana. Los «fundamentalistas» acusaron a los «realistas» de capitalizar de forma «miserable» los errores que hubo y rechazaron todas las acusaciones de malversación y de irregularidades fiscales. Según uno de los dirigentes radicales depuestos, el escándalo es 'una maniobra preparada desde hace largo tiempo para integrar al partido en el sistema vigente y quitarle su carácter revolucionario y anticapitalista10'».

Antes del crack de 1929 había unos sectores sociales que ganaban mucho dinero. Cuando todo estalló muy pocos ganaron. Casi todos perdieron. Y la crisis se extendió por todo el mundo y con ella la guerra. Siempre es así. Un ciclo infernal: ganancias rápidas desligadas del mercado real, crisis y guerra para salir de la crisis. En el 29 las autoridades monetarias no quisieron intervenir a tiempo. Ahora, aunque intervengan dentro de los estados, no saben como controlar el nivel de la especulación internacional. Las izquierdas y los alternativos no dicen ni hacen gran cosa al respecto. Quizás continúa pendiente el sueño de que la crisis será el fin del capitalismo y con ella vendrá el nacimiento de una nueva sociedad...

El ciudadano normal ante los problemas monetarios y económicos se siente superado. No entiende demasiado, se mete en su nido y confía en que todo esto sean alarmismos. No puede aceptar el hecho de pensar que va en un barco sin timón. Se horroriza. Se exculpa diciendo que «lo resuelvan los economistas y los políticos, que para esto estudian y ¡para esto cobran parte de nuestros impuestos!».

Pero el ciudadano que no quiere ser un inconsciente no le toca otro remedio que intentar entender un poco más el poder secreto de la moneda, si quiere saber en qué barco navega y en qué puede colaborar para evitar el naufragio.

Un origen poco claro.
Tenemos que reconocer que el origen de la moneda no es claro. Y tal vez no pueda serlo porque todavía no hay acuerdo sobre qué es la moneda. Lo que sí sabemos es que en diversas culturas y momentos se encuentra un conjunto amplio de instrumentos y de objetos de los que hay indicios que han tenido funciones «monetarias». Pero estos indicios están sometidos al peligro, que tiene todo historiador, de interpretar el pasado según conceptos y realidades del presente. Y el caso de la moneda es uno de los afectados por este peligro, al menos por la pobreza de los resultados conseguidos hasta ahora en el intento de encontrar sus orígenes.

En general, como iremos viendo, podemos decir que la moneda es un invento antiguo que se presenta bajo diversas formas («bienes-símbolos», arcilla, herramientas, metales, papel, tarjetas...), puede tener diferentes características (personalización, anonimato, valor intrínseco, equivalencia abstracta...) y puede cumplir variadas funciones (unidad de cuenta, medio de intercambio, depósito de valor...). Este antiguo y curioso invento ha facilitado el intercambio de todo tipo de «bienes y servicios» entre y dentro de las culturas que han desarrollado algún grado de especialización productiva.

Las culturas comunitarias en las que predomina la reciprocidad de dones en su interior, también han aceptado, en muchos casos una u otra forma de moneda en las relaciones con otras comunidades o con las sociedades en que han estado inmersas.

La literatura de divulgación sobre el tema, sobre cuya base el ciudadano y el economista han forjado su idea de moneda, está llena de afirmaciones como éstas:

«Los indicios más primitivos del uso del dinero se remontan al cambio de barras de metal hecho en los templos babilónicos alrededor del año 3000 a. C. Las monedas más antiguas que conocemos son del siglo VII a. C.». «Las formas primitivas del dinero variaban por todo el mundo. Solían ser cosas que podían aprovecharse clara y fácilmente, que no eran demasiado grandes y que todos estaban de acuerdo en que eran deseables. Los granos de cacao, las plumas, el aceite de oliva y las pieles se habían usado como dinero. Las conchas fueron unas de las formas más corrientes de moneda primitiva. Los collares de conchas fueron usados principalmente en las islas del Pacífico. Los anillos de metales diversos fueron unas de las más importantes monedas corrientes prehistóricas; se utilizaban en buena parte de Europa y de Oriente Medio. En el Tibet y en China los ladrillos de té fueron unas de las primeras formas de dinero11».

«Comprendieron que, en lugar de cambiar unos objetos por otros, era mejor utilizar piezas de valor, pequeñas y manejables, para cambiarlas por cosas. Cada cosa se cambiaría por una, dos, tres o más pepitas de oro según su valor12». «Los héroes de Homero estimaban en bueyes el valor de sus armas. Los egipcios también calculaban a base de bueyes, lo mismo que los germanos y los romanos arcaicos13».

Todos estos datos, expuestos sin cronología ni conexión, son un popurrí que no hacen más que reforzar la idea de que la moneda ha surgido con valor intrínseco, como tercera mercancía, que favorece el intercambio de bienes y que todas estas formas «primitivas» no sirven más que para ayudar a que surja la perfección monetaria: las piezas de metal acuñadas. Es a éstas que los libros dedican la mitad de sus páginas, reservando el resto para explicar la evolución moderna de la moneda (del papel a la electrónica), evolución que contradice, paradójicamente, gran parte de las ventajas teóricas de las monedas metálicas.

Merced, mercado, moneda.
No es función de este ensayo desarrollar un estudio histórico completo sobre estos temas, pero sí el de intentar desmitificar una visión impuesta de la moneda, generalmente aceptada, pero en gran parte irreal. Intentaremos exponer brevemente una hipotética aproximación a las diversas expresiones del hecho monetario. Toda historia es una hipótesis.

En la diversidad de culturas humanas que han vivido y viven en nuestro planeta, muchas de ellas han encontrado la necesidad de intercambiar objetos, normalmente excedentarios, por otros, normalmente deficitarios, y esto tanto con el exterior (con otras comunidades o sociedades) como en el interior de la propia cultura (entre grupos o individuos).

Esta necesidad se ha concretado durante muchos siglos y en muchos lugares en un tipo de mercado que se fundamenta en el don recíproco, un don no cuantificado por ninguna otra medida más que la de la satisfacción subjetiva de quienes realizan el intercambio. Es un mercado de intercambio de regalos, «gracioso» (en castellano, merced), cualitativo, ritual. Actualmente, a pesar de la destrucción que sufren, existen todavía culturas que consideran este tipo de mercado como el más dignamente humano. El mercado de la reciprocidad engendra unos valores humanos (prestigio, renombre, responsabilidad personal...) y sociales (mantener la paz, reconocer las relaciones de parentesco, afirmar alianzas colectivas...) que son considerados tanto o más importantes que el valor de los objetos «materiales» intercambiados.

En el mercado de la reciprocidad, y gracias al estímulo de estos valores humanos y sociales, también se acostumbra a generar un tipo de competencia productiva y, por tanto, de sobreproducción y de abundancia. Una abundancia relativa, evidentemente, a sus deseos que no acostumbran a ser demasiado sofisticados ni numerosos. El mantenimiento de estas formas de mercado de reciprocidad no es sólo un problema de protección de los «valores» de comunidades «primitivas» sino que tiene mucho que ver con el gran problema del «hambre» que afecta a 2/3 partes de la humanidad actual. Desde Occidente hemos considerado que estas formas de mercado de reciprocidad y de producción para el consumo eran anticuadas y que eran la causa de los problemas de falta de desarrollo que sufrían estas culturas (vistas desde la óptica etnocéntrica del modelo occidental ¡como culminación de la evolución humana!).

La estrategia, tanto capitalista como socialista, de los estados, de las empresas y de las Organizaciones No Gubernamentales de Ayuda al Desarrollo occidentales, ha sido desastrosa: se ha intentado por todos los medios «sustituir el proceso de reciprocidad indígena por un proceso de producción «rentable» (rentable en términos de cambio» es decir, «desarrollar...formas de producción privatizadas o colectivizadas que orienten la producción indígena hacia el cambio y la creación de moneda de cambio» «es a esto que propongo llamar economicidio14».

Pero otras culturas, especialmente aquéllas en las que el mercado ha llegado a ser complejo y de gran alcance hasta el punto que se ha perdido la confianza y el vínculo étnico que exige la reciprocidad, han encontrado la necesidad de facilitar el intercambio de una manera más satisfactoria que el mercado subjetivo-cualitativo15.

Estas culturas usan lo que podemos llamar, unidades monetarias, realidades totalmente abstractas, que permiten hacer una «regla de tres», una equivalencia de valor entre dos objetos a intercambiar. De la misma manera que para medir distancias concretas utilizamos unidades de longitud convencionales y abstractas (p.e. el metro) así, para medir el valor de cambio de las mercancías concretas utilizamos unidades monetarias: éstas son unidades de medida convencionales, abstractas y homogeneizadoras. Constituyen un común denominador contable abstracto, permitiendo comparar todas las heterogéneas mercancías existentes en un determinado mercado. Gracias a que a cada mercancía heterogénea se le atribuye un cierto número de unidades monetarias abstractas homogeneizadoras es muy fácil calcular equivalencias numéricas entre diferentes mercancías.

La consecuencia inmediata de la introducción de unidades monetarias en un mercado es la determinación de valores mercantiles. Estos valores mercantiles son la resultante de la comparación homogeneizadora entre mercancías concretas y unidades monetarias abstractas. Es decir, son valores mixtos (concretos-abstractos).

Los precios (por ejemplo: «Un kg. de patatas vale 60 unidades monetarias») y los salarios (por ejemplo: 1 jornal de obrero vale 4000 unidades monetarias) son los valores mercantiles directos.
En cambio, lo que llamamos dinero es el poder de compra que tiene una unidad monetaria para adquirir mercancías concretas (por ejemplo: con 1 unidad monetaria puedo comprar 1/60 kg. de patatas o 1/4000 jornal de obrero). Podemos decir que el dinero es un valor mercantil inverso.

La posibilidad de que en muchas culturas se haya usado una unidad monetaria abstracta casi no ha sido considerada como clave de interpretación de multitud de objetos considerados «moneda» pero que no eran fácilmente adaptables a la moneda-mercancía (tipo oro), considerada la única «verdadera» moneda.

Es posible que muchos de estos objetos «monetarios» sean o bien signos de riqueza y de prestigio, o bien patrones de medida de valor. En los primeros casos son ofrecidos o intercambiados, en ciertos momentos o por ciertos acontecimientos, con la función social de creación y mantenimiento de lazos de amistad y de relación. Mientras que, como patrones de medida de valor, estos objetos no son casi nunca intercambiados sino que son una referencia abstracta, o una herramienta de contar-calcular, que sirven para establecer equivalencias entre mercancías.

Esta hipótesis nos permitiría situar el uso del «buey» (en Grecia, Egipto, Germania y la Roma arcaica) como unidad monetaria abstracta, como unidad de referencia que permitía establecer «reglas de tres» entre dos objetos a intercambiar. Esta hipótesis parece mucho más coherente que no la del uso del «buey» como moneda-mercancía, que es preciso dividir, intercambiar y transportar ¡en cada cambio! Si esto fuera así, descubriríamos un gran malentendido que ha complicado las cosas hasta nuestros días.

La mayor parte de las veces, la documentación que poseemos es insuficiente para poder confirmar con base suficiente esta interpretación. En gran parte, esta dificultad procede del hecho de que los estudios realizados acostumbran a estar orientados por la visión «moneda-mercancía» y no por la hipótesis «unidad monetaria abstracta». A pesar de estas dificultades, hemos seleccionado un par de ejemplos que parecen ir en la dirección indicada.

Los habitantes de las Islas del Almirantazgo (Malasia) pueden evaluar todos sus bienes en conchas y dientes de perro. En los intercambios corrientes, sin embargo, las conchas y los dientes de perro no son utilizados prácticamente nunca, mientras que su uso es obligatorio en los intercambios rituales.

Entre los Lele de Kasai (Congo), la tela de rafia constituye el patrimonio nupcial que todo hombre que quiera casarse debe poseer. Pero, a su vez, los bienes que son objeto de intercambio no ritual pueden evaluarse en unidades de la tela de rafia. En estos intercambios, por tanto, la tela de rafia no interviene como mercancía concreta, sino únicamente como patrón de valor.

El caso más significativo es el relatado por el explorador francés del siglo XIX, L.G. Binger que «transcribe así la conclusión de un negocio entre dos comerciantes del norte de Ghana (donde como en gran parte de África se usaban cauris -conchas- como moneda): «La calabaza de sal vale 2000 cauris, cien kola valen 1000 cauris. Te daré pues, 200 kola por una calabaza de sal16».

Hemos visto hasta aquí dos formas diferentes de resolver los problemas de los intercambios. El mercado de reciprocidad (sin moneda) y el mercado de intercambio (con unidad monetaria abstracta para contar equivalencias). Ahora bien, algunas culturas, debido a su complejidad creciente y a la fluctuación de los valores mercantiles -precios, salarios y, por tanto, dinero-, han considerado necesarias unas nuevas modalidades de intercambio. Estas culturas buscaron unos instrumentos que permitiesen unas transacciones más rápidas, más cómodas, más ágiles, más precisas, más seguras... que las que ofrecía el mercado de intercambio (solamente con unidad monetaria abstracta).

Estas culturas inventaron los instrumentos monetarios. Con estos, se puede sustituir el intercambio directo de mercancías por un sistema de cambio diferido en el espacio y en el tiempo. Valiéndose de los instrumentos monetarios es posible obtener la mercancía deseada sin entregar otra mercancía a cambio.

Los instrumentos monetarios son, pues, un «reconocimiento de deuda» que puede concretarse, en el extremo, de dos maneras bien diferentes: o bien como un documento registrado en un sistema de cuentas corrientes personales, que permite compensar las unidades monetarias de cada acto de compraventa; o bien como una moneda-mercancía con valor suficiente para ser aceptada como prenda de igual valor que la mercancía vendida, prenda con la que poder comprar otra mercancía en otro momento.

A la definición y diferenciación de estos dos tipos de instrumentos monetarios dedicaremos gran parte de los capítulos siguientes. Como veremos, es posible que el instrumento monetario basado en una especie de «cuentas corrientes personalizadas» fuese anterior al basado en la «moneda metálica». Pero también es muy probable que, en un mercado en expansión constante, el sistema de registros en cuentas corrientes llegue a ser, tarde o temprano, pesado, lento e insuficiente y que, por tanto, apareciesen los instrumentos monetarios más conocidos históricamente en Occidente: la moneda metálica (o cualquier otra forma de moneda-mercancía con valor intrínseco).

De momento, pues, sólo es preciso recordar que, a grandes rasgos, hay diferentes tipos de mercado en relación al uso, o no uso, de uno u otro tipo de «moneda».

Mercado de reciprocidad sin moneda.
Mercado de intercambio con unidad monetaria abstracta.
Mercado de cambio con unidad monetaria abstracta y con instrumento monetario («contable» o «metálico»).
El mercado de cambio basado en el uso de instrumentos monetarios es el que ha predominado en la mayor parte de civilizaciones, es decir, allí donde la cultura de ciudad, con o sin Estado, ha sustituido las otras organizaciones culturales, principalmente comunitarias. Son los instrumentos monetarios los que han invadido la mayoría de relaciones humanas contemporáneas, incluso, con más o menos incidencia, las culturas comunitarias, de manera que el estudio más minucioso de las funciones de los diferentes tipos de moneda, (con sus peligros y posibilidades) se convierte en pieza clave para la comprensión y el intento de resolución de una parte importante de los conflictos humanos.

Podemos decir, siguiendo la más pura tradición, que la moneda tiene, principalmente, tres funciones:
Primera. Unidad de cuenta (facilita la equivalencia).
Segunda. Medio de pago (facilita el intercambio)
Tercera. Depósito de valor (facilita el ahorro y la inversión)

Las dos primeras funciones, como veremos, son bastante independientes del tipo de instrumento monetario utilizado. Es decir, tanto se pueden satisfacer con monedas de oro, como con un sistema de cheques y anotaciones en cuentas corrientes. Pero, en cambio, sus resultados sociales y económicos, son diferentes.

La tercera función sí que depende del tipo de instrumento monetario, ya que en la medida en que éste cumpla mal la función de reserva, la gente se verá obligada a sacárselo de encima y volver al intercambio -típico de momentos de alta inflación-. Mientras que, si el instrumento tiende a satisfacer bien la función de reserva, la gente tenderá a atesorarlo como riqueza, reduciendo su circulación y dificultando que la moneda pueda llevar a cabo su función de intermediaria del cambio.

A estas tres funciones de los instrumentos monetarios, será necesario recuperar una cuarta, hasta ahora despreciada, pero fundamental para aprovechar las posibilidades de la moneda electrónica: Cuarta. Sistema de información (facilita la macroeconomía y el Estado de derecho).




Notas:
1Alain Minc propone un cambio radical en el sistema capitalista, «El Periódico», 11 de febrero de 1990.
2«El Correu de la Unesco», febrero de 1990.
3Economía real y economía especulativa «Actualidad Económica», 25 de diciembre de 1989.
4Una rápida globalización económica. «El Periódico», 14 de enero de 1990.
5El nuevo camino de la economía mundial «Actualidad Económica», 25 de mayo de 1974.
6La banca suiza teme que el escándalo del blanqueo de dinero del narcotráfico afecte a su prestigio. «La Vanguardia», 8 de noviembre de 1988.
7Los socialistas exigen que se confisque el dinero sucio. «Cinco Días», 21 de noviembre de 1988.
8La deuda del Tercer Mundo devora los beneficios de los bancos privados. «La Vanguardia», 1 de marzo de 1990.
9Fujimori ofrece un gobierno de unidad nacional «El País», 11 de junio de 1990.
10Los «verdes» de la República Federal Alemana ante el cisma. «El País», 6 de diciembre de 1988.
11Redden, Richard, (1976), Els diners, Plaza & Janés, Barcelona, 1978 páginas 3-4.
12Ibáñez, Francisco, La història dels diners, La Caixa, Barcelona, 1989, página 6.
13Nitsche, Roland (1970), El dinero, Editorial Noguer, S.A., Barcelona, 1971, página 11.
14Temple, Dominique, Alternatives au Développement, Centre Interculturel Monchain, Montreal, 1989, página 97).
15Grau, Magdalena. Moneda telemática y estrategia de mercado. Centro de Estudios Joan Bardina. Barcelona, 1985, capítulo 2. En este texto se exponen las bases de la crítica a la moneda actual y los fundamentos de una moneda racional. Es el primer estudio recopilador de las aportaciones de Agustí Chalaux sobre estos temas. 16«El Correu de la Unesco», febrero de 1990


* Capitulo I.
El poder del dinero. La monética contra la corrupción.
Martí Olivella.